El aseo de las calles de Santafé en el último tercio del siglo XVIII
Introducción
El aseo de las calles de Santafé, la capital del Virreinato de la Nueva Granada, se convirtió a finales del siglo XVIII en un punto de vital importancia para las autoridades españolas, de tal manera que las disposiciones sobre su limpieza y composición aparecieron de manera recurrente en este periodo. El interés por convertir a la ciudad en un lugar equiparable en belleza con otras capitales de América, e incluso de Europa, llevó a que los gobernantes del virreinato promulgaran una serie de bandos para conseguir este objetivo.Sin embargo, a diferencia de lo ocurrido en los dos siglos anteriores, este interés no se limitaba simplemente al embellecimiento de la ciudad, pues además de los requerimientos estéticos, la ciudad debía ser sana y brindar una sensación de seguridad a sus habitantes, convirtiéndose esa (re)configuración de la ciudad en una herramienta de salud pública.
De esta manera, se desea mostrar a lo largo del trabajo cómo se transforma el interés constante de las autoridades de la Nueva Granada por el aseo y composición de la ciudad, pues era visto en el siglo XVII como un requerimiento de “buena policía”, realizado también en otras capitales, como Ciudad de México y Lima, para convertirse a finales del siglo XVIII, en un asunto de salud pública, mediante los esfuerzos de las autoridades virreinales por limpiar y desodorizar la ciudad.
Inmundicias y animales muertos en las calles de Santafé
El 18 de agosto de 1638, el indio Juan de Aquima pregonaba a toda voz en el lugar de mayor concurrencia de Santa Fe, la esquina de la Plaza Mayor sobre la calle Real, un auto sobre la limpieza de las calles y lugares públicos. En dicho auto, el Presidente del Nuevo Reino de Granada, Martin de Saavedra y Guzmán, recordaba a los vecinos de la capital del Reino sus obligaciones para mantener “limpias y barridas sus pertenencias”.
Durante el siglo XVII, las autoridades en Santafé recordaron constantemente a sus habitantes la importancia de mantener aseadas las calles de la capital, según lo menciona el mismo Martín de Saavedra, al recordar los numerosos autos proveídos en esta materia. A pesar de ello, los santafereños parecían hacer caso omiso a los decretos en los que se les obligaba a velar por el decoro de la ciudad.
La pretensión de Martín de Saavedra con este nuevo auto era la de llevar a Santafé a ese lugar privilegiado que sólo podían ostentar las Cortes y ciudades principales que cumplían al pie de la letra las indicaciones para mantener “conforme buena policía” el aseo y cuidado de las calles. Un aspecto importante se desprende del documento, y es que a pesar de que las disposiciones son emitidas por la máxima autoridad del Nuevo Reino, son los propios vecinos quienes deben velar por el aseo de la ciudad, barriendo sus casas y solares, llevando posteriormente las inmundicias a las barrancas de los ríos, pues no existía una institución encargada de velar por el cuidado de la ciudad.
La única exigencia que se realiza a los vecinos que tienen casas y solares es que mantengan “limpias y barridas sus pertenencias”, con la obligación de llevar todo lo que resultara de esta operación de barrido de las calles “vía recta fuera de la ciudad sin divertirlo [sic] [verterlo] en calles ni vecindad alguna y por lo menos a las barrancas y playas de los ríos que corren por esta ciudad”.Y quienes tenían albañales los debían conservar con constantes corrientes de agua para evitar la exposición de las inmundicias que por allí pasaban.
Con el fin de evitar el incumplimiento de estas medidas, se decretaron multas de diez pesos cada vez que fuesen sorprendidos los vecinos en contravención de las mismas, aplicando las dos terceras partes para los gastos de la Real Audiencia y la otra parte al alguacil o persona que lo denunciara, pues las calles principales se veían constantemente invadidas de “inmundicias y animales muertos y otras cosas que causan corrupción y otros vahíos [sic]”
La aparente simple petición de Martín de Saavedra de mantener barridas sus casas para evitar las inmundicias y vahíos, no es insignificante, pues nos permite observar de manera certera la importancia que tenía en la época el cuidado de los focos de infección que se generaban por la acumulación de materias en descomposición, que junto con la influencia del calor y el agua estancada, como la de los albañales, generaba los miasmas.
Efluvios, vapores y miasmas
La manera en la que se concebía la enfermedad en el periodo puede resultar un poco confusa e incluso contradictoria para el lector de hoy, pero en realidad hace parte de una muy bien entretejida red de conocimiento, que se venía desarrollando desde los principios de Hipócrates. Se reconocen entonces, dos maneras en las que se entendía la enfermedad.
La primera, la teoría miasmática o del contagio inanimado, tenía sus raíces en los postulados hipocráticos, al relacionar los padecimientos con el medio geográfico. Esta teoría atravesó el pensamiento médico desde la época clásica hasta la Ilustración. Según los postulados miasmáticos, la posibilidad de desarrollar un foco de enfermedad alrededor de los excrementos, materias en descomposición o aguas estancadas, que por acción de las altas temperaturas generaban vapores fétidos propagados por la acción del viento, constituía una de las principales causas de la enfermedad y su extensión en diversas áreas geográficas.
La segunda, era la contagionista, que al igual que la anterior era mencionada desde la Antigüedad, pero tuvo su máximo desarrollo hacia 1540 con los aportes de Girolamo Fracastoro, quien planteaba la presencia de pequeñas semillas que se transmitían de un cuerpo sano a otro enfermo, o indirectamente a través de los enseres del enfermo. Este autor mencioncon el enfermo, y a la distancia. Sin embargo, estos modelos explicativos no eran cerrados, y con frecuencia, quienes contemplaban la viabilidad de uno u otro, en ocasiones defendían la teoría contraria.
Los avances de la naciente química científica en el siglo XVIII, terminaron por repotenciar la teoría miasmática al reconocer los diferentes intercambios que se presentaban en la atmósfera por efecto de la descomposición de los materiales orgánicos. Con la ayuda de la química, los abanderados de la teoría miasmática encontraron una disciplina que les permitía demostrar que el fracaso en las medidas que se aplicaban durante una epidemia, como las cuarentenas y los controles sanitarios, sólo podían ser explicados por la acción del viento sobre los miasmas que lo esparcían por grandes terrenos sin que nada lograra detenerlo.
En el vocabulario de los ilustrados se presentan contrastes diferenciando entre efluvios simples, emanaciones y miasmas. Los primeros se aba tres formas de infección: por contacto directo, por medio de “fómites”, refiriéndose a las ropas y utensilios en contacto con el enfermo, y a la distancia. Sin embargo, estos modelos explicativos no eran cerrados, y con frecuencia, quienes contemplaban la viabilidad de uno u otro, en ocasiones defendían la teoría contraria.
En su comunicado de 1786 el procurador recordaba además la situación de abandono en la que se tenía a la capital, tanto por sus habitantes como por las autoridades encargadas de su cuidado, al recordar las “muchas bascosidades, basuras y cosas asquerosas de malos olores capaces de atosigar a las gentes”, que eran comunes observar. Esta afirmación nos revela algunos aspectos interesantes, como el paulatino rechazo a los malos olores de la urbe, por lo que las disposiciones para evitar su exposición a los transeúntes debían acompañarse de controles para desodorizarla ciudad. El segundo aspecto, en estrecha relación con el anterior, es la necesidad de evitar la aparición de olores desagradables, pues estos generalmente eran asociados a la corrupción de la materia orgánica, lo que evidentemente representaba un peligro para la población al revelar la presencia de miasmas en el ambiente.
En 1789, el cabildo de Santafé, en respuesta a un comunicado enviado por el Fiscal de lo civil, mencionaba la importancia que representaba para las autoridades el “importante asunto de policía”, refiriéndose al aseo y composición de las calles, en el que de nuevo se repite la concepción espacial de la ciudad, al limitarla a sus zonas más importantes, las más próximas a la plaza al señalar “los inconvenientes que son fáciles de advertir en las mas principales calles”.
Conclusiones
El aseo de las calles de Santafé fue para las autoridades de la capital una obsesión. En el siglo XVII la limpieza se asoció a la pretensión de otorgarle a la ciudad un lugar equiparable con otras capitales de América “conforme buena policía”, es decir, observando con rigor las disposiciones de limpieza, en las que se hace visible el temor por alejar las inmundicias que generaban corrupción y vahíos, generadores de focos de contagio, según una de las maneras de concebir la enfermedad; la teoría miasmática.
Sin embargo, en el siglo XVIII, la corona española comprendió la importancia de contar con una población sana, capaz de producir, y por lo tanto, con la capacidad de aumentar la tributación fiscal tan necesaria para una nación urgida por ganar nuevamente un lugar importante entre las coronas europeas. En este sentido, durante el reinado de Carlos III, la intervención de las autoridades para conservar la salud de los súbditos, fue más certera, dando origen a la Salud Pública en la Nueva Granada.
El aseo de las calles de la capital del Virreinato de la Nueva Granada estuvo asociado a la aparición del concepto de salud pública, en la que la ciudad era propicia para representar los nuevos ideales que guiaban las políticas borbonas con el fin de evitar la enfermedad. Identifico tres elementos que son necesarios para reescenificar la capital del Virreinato; el interés estético, la sensación de seguridad y el alejamiento de focos de infección. En síntesis, una ciudad sana.
Al convertirse en un escenario de representaciones, la ciudad se configuró para las autoridades santafereñas solamente alrededor de la plaza, por lo que las disposiciones y bandos iban dirigidos a los vecinos de las calles principales, es decir, los más próximos a la Plaza mayor. El campo ideológico iba más allá de una resignificación de la ciudad, pues antes de equipararla con otras capitales de América, por medio de la noción de salud pública, se generó una separación entre la elite educada y las capas socialmente menos beneficiadas, para subvertir los hábitos de estas últimas, quienes al final fueron mostradas como las culpables del estancamiento que vivía la ciudad. Esta idea, latente en el siglo XIX, se entenderá como la teoría infeccionista, en la que los modos de vida de los pobres generaban la enfermedad.
Esta imagen no es de Colombia... podemos observar de las primeras iniciativas de las barredoras mecánicas que vemos hoy en día ...


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